La herencia
El lápiz que heredé
de mi tío abuelo,
viejo avaro y podrido,
es azul,
con tinta inodora.
Me lo legó con la instrucción
de usarlo sólo para escribir
mi testamento, nada más.
Fue lo único que heredé
de mi avaro y podrido tío abuelo.
Pasaron los años a la sombra
de la sordidez de mi mezquina herencia,
hasta que llegó la hora de hacer mi testamento.
Tenía yo ciento dos años hacía poco cumplidos,
y tenía también un sobrino nieto,
de alma miserable y ruin,
más que la pelambre de un ratón tiñoso.
Cuando mi ruin sobrino nieto leyó en mi testamento
lo que yo le dejaba,
que no era sino unos de los peones negros
del ajedrez que había pertenecido
al mas engreído de mis tíos bisabuelos,
fue atacado por un horrible cólico,
cólico fulminante por cuya causa murió.
Sepulte su memoria
una nube de negro polvo.