Prólogo
Ariel Vicuña en las alas de la poesía. Ariel Vicuña en alas de la música. Dos manifestaciones de su primitiva y al mismo tiempo cultivada sensibilidad de artista, miembro o rama de una familia de artistas, hombres y mujeres de pensamiento libre y original.
Ariel pertenece a la prolífera generación de los años sesenta, bisagra entre un mundo que aún rendía tributo a la tradición clásica y otro que eclosionaba a los cambios más vertiginosos que haya registrado la historia humana. Entre estas corrientes y resacas se forjó su música y su verso, tal vez sin llegar a optar enteramente por una u otra. Así como también sus composiciones musicales han oscilado entre el fragor de la sinfonía y la retraída inspiración de la obra de cámara.
Pero hablemos de Ariel el poeta.
Su producción lírica viene de edad temprana, no obstante su primera publicación es bastante tardía, y su título encierra una potencia de raigambre rokhiana (trátese de Pablo o de Carlos): “Cruel Verdugo” (1985). Cuatro años más tarde llegó a mis manos un breve poemario suyo con versos esculpidos a fuerza de escuetos, diáfanos e incisivos: “La Mujer de Piedra”, en cuya fisonomía terrible creí adivinar la presencia de la céltica Diosa Blanca, tan extraordinariamente exaltada y temida por Graves.
Y ahora, en el 2000, esta invitación o incitación “Hacia la Noche” que me hace recordar a Louis Ferdinand Celine y su “Viaje al final de la noche”. Pero es otro ánimo el de Ariel Vicuña al convocar a esta noche que es también como un bosque al que se entra, pero del que no se sale. El bosque de la noche que va atrapando uno a uno a los vivos. Esa red oscura que no hace distingos y ante cuya envoltura todo desaparece en la unidad de la ausencia de luz. Esa boca negra que ha devorado al amigo apreciado, a tantos amigos y enemigos, y que por último, también nos tragará a nosotros. Mejor sería dormir y soñar, nunca despertar: “Ya termina la noche, va a comenzar el día,/ tristeza hiende mi alma, porque despierto”.
Sensuales y metafísicas pulsiones dominan a veces esta poesía que aspira a la serenidad y la meditación, aun debatiéndose en el dolor y la duda: “qué recóndita/ vida misteriosa/ la fruta en la espesura/ del follaje”.
Quizás en el corazón de la noche del alma anide ese fruto recóndito que hoy buscamos a tientas, como lo hace el poeta Ariel en una búsqueda que no desmaya.
Manuel Silva Acevedo