No de mis manos
A la soledad de un día
No de mis manos vayas a escaparte,
no te marches, amiga, en esta hora,
porque deseo, soledad, ahora,
en el silencio de la tarde hablarte.
Quédate diosa, como fui a encontrarte,
en donde el aire azul y denso mora,
en donde el fuego, lento te perfora
el corazón de mármol sin quemarte.
¡Ah, soledad, me amaste en este día
que gastado se fue por mi ventana!
Con tu dulce ardiente poesía
trocaste en alegría sobrehumana
toda tristeza de la suerte mía
cuando viniste a verme, noble hermana.