Prólogo
El autor de este volumen, que más que un libro de poesía, tal como la entendemos en términos de una investigación de las formas del lenguaje, se trata de un libro de oraciones, o de poesía sacra, en la medida en que se cantan las manifestaciones del creador y las maravillas de la creación, me ha hecho el honor de pedir que escriba este prólogo. Y debo partir diciendo que me llama la atención el rumbo que emprende la creación poética de Selim Kartal (nombre musulmán del poeta Ariel Vicuña) con esta su poesía islámica. El autor abre el libro con un verso indesmentible: “Amanece Dios en mi,…” y en esta aseveración que tiene el carácter de afirmación teológica, pareciera quedar demostrado que, efectivamente, Dios habita al poeta, lo toca, lo conduce y es uno con él, en una suerte de experiencia mística consistente en dialogar con el creador sin intermediarios porque todos y cada uno somos parte de la esencia divina. Así, habitado de Dios, “transcurre el largo día / del Señor, atardece.”. Se hace la noche y un (el) ciclo de tiempo se completa con el creador que ha amanecido en el poeta y con él y en él atardece y anochece. Es sin duda un acto de fe que en su modo de expresarse, sin temores a no ser exacto en la definición, marca una distancia con otro poema escrito antes por el autor, me refiero a Tiempo I, en el que se deja entrever una ilación que imagina una definición exacta y científica de lo tratado:
Eres -¡ah, viejo tiempo!- como limpio torrente
y eres también la tropa que el mundo ha devastado;
imponderable tiempo, con tu paso silente,
eres también el puente hacia lo que es amado.
Sueñas ajena a todo, como un trompo dormido
y en tu ceguera impulsas a todo movimiento;
pero, aunque tan sereno tu camino has seguido,
¡cuántas veces enciendes un temporal violento!
Como luz de aurora, tú penetras la mente
con un recuerdo vago de pasadas edades,
de montañas sepultas, de remotas ciudades.
Eres lluvia de polen, marejada sonora
que tranquila se extiende por la playa dormida,
fecundando los genes de que nace la vida.
Si nos detenemos en estos dos poemas escritos con una diferencia de unos dieciséis años, podemos inmediatamente darnos cuenta de que las vertientes que inspiran estas dos textos son diametralmente opuestas. En el poema que acabamos de citar, del libro “Cruel Verdugo” (Ediciones Balandro, Santiago de Chile, 1984), se siente claramente el origen materialista del texto, incluso es evidente la concepción del tiempo como manifestación del movimiento (o la velocidad?), y el amor del autor por la física queda al descubierto en este poema (“y en tu ceguera impulsas a todo movimiento”). De manera distinta, en el poema que abre el presente libro “El Creciente Dorado” el tiempo está presente por ser una condición inherente a la naturaleza y al hombre, y el hablante expresa el paso del tiempo sin querer dar ni definición ni explicación alguna, sino con certeza de que el creador es en el hablante, lo que, revela la vertiente geocéntrica de la que mana este inspirado texto. Citémoslo completo:
Canción de la noche y el día
Amanece Dios en mí,
transcurre el largo día
del Señor,
atardece.
Fenece al aura del crepúsculo,
primera estrella,
Noche.
Si nos detenemos en este poema, observaremos con cuanta sencillez el autor nos da cuenta de su imagen del tiempo, no ya, como en el caso anterior, tratando de encontrar las palabras precisas que den cuenta del objeto tiempo, sino con la fluidez de quien habla simplemente desde la experiencia del tiempo como sujeto, lo que es posible sólo de la experiencia de quien habla, y esa experiencia nos manifiesta que el tiempo es porque yo (el hablante) vivo y, además, vivo porque Dios amanece en mi y me habita desde el inicio hasta el fin del ciclo. Los verbos que usa el poeta, las acciones que nombra en el poema: amanecer, transcurrir, atardecer, fenecer, son acciones inevitables, inexorables, que hablan por si solas de la idea de destino, de lo ineludible, de lo que no es transformable (lo que nos indica la sumisión del hablante a la voluntad del Eterno), sin además las acciones básicas de la vida, las que pueden resumir cualquier existencia, amanecer/nacer, trascurrir, atardecer/ envejecer, fenecer. De este modo, desde el primer poema de este libro comenzamos a adentrarnos en una forma de la palabra que ya no busca definir, sino nombrar y si en sí el acto es el mismo, puesto que al nombrar se define en la medida que lo nombrado se desliga del caos original, hay una sutileza asaz importante, pareciera ser que la definición científica del mundo camina de la mano con una voluntad antropocéntrica en la que es el hombre el que inventa el universo e indaga en la posibilidad de transformarlo, manejarlo o conducirlo, y en el nombrar hay, me parece, una acción humilde que consiste en poner nombre o volver a decir el nombre de lo que el creador nos ha puesto ante los ojos, aceptando sus designios, sometiéndose a su omnisciencia, y entonces el nombrar comienza a adquirir el carácter de alabanza. Esta es la diferencia de atmósfera que intuyo entre las dos formas a las que hago mención.
Si sigo adelante en la lectura de estos poemas, me doy cuenta de que al nombrar cada cosa el poeta pareciera que pronunciarse los nombres del creador. Por ejemplo en “Ensoñación del Guerrero” el que habla sólo da cuenta de lo que ocurre: “Asciende desde el valle / aroma de arrayanes, / despierta mis sentidos / aleja mis pesares”. Aquí el poeta no interpreta, no busca reafirmar su unicidad, reforzar su calidad de irrepetible, de individuo, no hay un autor que juegue a develar algo secreto o arcano, ya no lo necesita, porque lo que es Hestia, sólo que el que habla lo percibe y lo consigna, deja la huella de su existencia como el caracol su plateado sendero y sólo puede exclamar “!Oh, noche / oh, tus ojos!”, en donde es ciertamente evidente, el mundo tangible, el que le asombra, porque se ha sentido tocado por él puesto que ahora sabe que Dios a amanecido en él. El poeta, entonces, ya no es diferente al resto de la creación, no establece distancias entre su yo y el universo que lo rodea. Esta serenidad, este aplomo, esta sencillez en el decir y, en último término, esta certeza de que todo es uno en la misma creación se resume en un magistral texto que pareciera un hai-ku invertido, con la claridad del hai-ku, casi con su estructura, pero de todas maneras con su certeza:
Danza el derviche,
éxtasis,
el ruiseñor canta.
Pero Dios no es sólo la contemplación de su manifestación, de la naturaleza o de la danza del Derviche. El poeta en su alabanza a Dios, nos deja manifiesta también la profunda misericordia del creador, nos da luces sobre la doctrina que sustenta y asume los dolores del pueblo musulmán.
El poema que da título a este volumen “El Creciente Dorado” es un claro ejemplo de ello. En su primera estrofa queda de manifiesto la sujeción del universo a los designios de Eterno como enunciado doctrinario: “Los astros esplendentes, / ejército del cielo, / obedecen sumisos a Dios, con sabio celo” pero para el poeta es un axioma que el hombre al ser creado libre –y parece ser así en la doctrina-, por demás- “se aparte de lo recto / con torpeza visible”, (insinuando que la libertad es la fuente de los yerros y desaciertos de la virtud) pero más adelante en el mismo poema se afirma “Más, Dios fue compasivo / con el hombre ignorante, /y dispuso una vía / para los suplicantes 7 Vinieron los profetas, / espejos del Eterno / rasgando las tinieblas /de que fuimos cubiertos” es decir, en su infinita misericordia Al-lah le da al hombre las claves para que no se pierda. Pero aquí, al entrar en la doctrina, nos encontramos con las reminiscencias del poeta de “Cruel Verdugo”, del poeta que quiere explicar las razones de su creencia, es decir pareciera que de pronto el poeta abandona la vivencia del Eterno, la experiencia mística que no puede o no debe explicarse porque es absolutamente carnal y realmente no hay palabras para decirla, y se propone convencernos de que su fe es la cierta. Surge entonces la pregunta de por qué se produce esta contradicción entre el primer poema de este libro que nos da clara cuenta de la experiencia mística, inexplicable por las vías de la razón, como una vivencia de lo divino sin intermediarios y esta otra proposición, algunas paginas más adelante, en las que el poeta pareciera renunciar a ese primer postulado y pareciera pretender hacernos experimentar el goce místico a través del intermediario que es la razón, la explicación lógica y doctrinaria. En ese punto el lenguaje del vate da la sensación de que deja de ser universal y podrá pensarse que contradice la pureza mística del poema Derviche.
Sin embrago, no deberíamos dejarnos arrastrar por esta aparente flagrante contradicción. Este libro “El Creciente Dorado” es absolutamente coherente en su conjunto y es, indudablemente, un libro pensado para acompañar al fiel musulmán a toda hora, por decía, al inicio de estas palabras, que este es más bien un libro de oraciones, pero no es un libro de oraciones cualquiera, es el libro de oraciones de un hombre que se ha hecho un fiel musulmán del Islam, religión en la que no existen representaciones –ni es lícito tampoco hacerlas- ni de Dios ni de los hombres ni seres animados, porque Al-lah se manifiesta en cada acontecimiento del cielo y de la tierra. Y es justamente por eso que el hablante al decir lo que ve pronuncia los nombres del creador. Y es, al mismo tiempo, un libro de oraciones para el peregrino musulmán que puede tener momentos de flaqueza en las tremendas soledades por las que se debe caminar, y en las que seguramente su único sostén, por momentos, es la claridad y la certeza de la doctrina.
Finalmente, más allá del primer asunto que plantea este texto, cual es el tema religioso, es absolutamente imprescindible recalcar el extraordinario manejo del lenguaje que tiene el poeta. Sin duda no se trata de un libro que busque innovar en las formas, por cierto ya lo ha hecho en su contenido, pero indudablemente el manejo de las formas más clásicas del lenguaje, al poeta le resulta impecable y, en última instancia, la insistencia del autor en las formas más clásicas de la métrica y de la construcción, también evidencia una fe profunda en el orden perenne del Universo.
Benjamín Randos.