-

ÍndiceDedicatoria
Salutación personal
Primer epígrafe
Alcázar
Segundo epígrafe
Canto de la bestia
Tercer epígrafe
Instantes
Felino Misterio
Ariel Vicuña y la apoteosis del instante,
por Fernando Quilodrán -
Ariel Vicuña y la apoteosis del instante
Como Ariel Vicuña –Selim Kartal, para los efectos de estos “canales semicirculares”- no busca disfrazarse ni aún con sus vestiduras propias, aclara en una nota introductoria que este texto le fue inspirado por “Memorias de un Esqueleto de Neón”, de Rosanna Byrne. Y con eso notifica y nos instala en una de las más bellas tradiciones de la literatura universal: la de un texto que se complace en otros textos, que continúa una tradición. Y de paso, y aunque esto pueda parecer en extremo pedante o elitista, demarca su territorio. Como si nos dijera: léanme sólo, o en primer lugar, los poetas.
No es la primera vez que me enfrento a este escritor. Hoy lo hago pensando, inevitablemente, en los poemas arábigo-andaluces, esos altos momentos de la poesía universal que recopiló el español Emilio García-Gomez para, siguiendo tal vez el pensamiento o más bien anticipándolo de don Américo Castro, exaltar una de las castas constituyentes de España: la casta morisca, coexistente en continua querella con la judía y la “cristiano-guerrera”, según caracterizó a esta última el insigne historiador.
Es que hay en este breve poemario una sensualidad del instante, el goce de lo evanescente que, viniendo desde los primeros griego alcanza, tal vez pueda decírselo, su forma lograda en los latinos de la decadencia. Bien decía Hegel que “el ave de Minerva levanta su vuelo al atardecer”. Lo que no implica –al menos no necesariamente, y así lo espero- que estemos al atardecer de nuestro universo poético.
El libro es escueto, breve, como conviene a una colección de textos igualmente ceñidos a lo esencial. Y lo que nos ofrece es una colección de instantes –insisto en esta minuciosa valorización del tiempo- “en estado puro”, como habría dicho Marcel Proust. Nos muestra un gato y dice:
Tenía el negro pelaje
todo mojado por el rocío
del jardín
Nada más. Sólo un adjetivo, una necesaria precisión –negro- para instalarnos en un paisaje lleno de sugerencias. Determinación necesaria al pelaje del gato, ésa de “negro”, porque es así como mejor luce “el rocío del jardín”.
Así construye Ariel Vicuña –perdón: Selim Kartal- su mundo sutil y efímero.
Si alguien dijo –citado hasta el hartazgo- aquello de “describe tu aldea…”, bien parece decirnos este poema “describe tu instante y describirás el tiempo”.
Pero, hagamos el gozoso recorrido.
Lo que más aprecia este exigente esteta, es la luz. Y dice de una “formas”, que son “dulcemente poderosas/ de luz”. Ciertamente, yo no voy a hablar de la luz como podría hacerlo un hombre de ciencias. No está en mis capacidades, ni siquiera en mis inclinaciones. Pero aprecio esta desmaterialización de la materia hasta radicar su más alta posibilidad de gracia –es decir, de existencia para los afinados sentidos ye el insobornable apetito de esencialidades- en su capacidad de reflejar la luz hasta el extremo de ser ella misma, la materia, luz.
Y no se puede acusar a Vicuña –a Ariel-Selim o a Vicuña Kartal- de desvalorizar la materia, negarla, huir de lo que estaría detrás, dándoles sustento, de las formas. Porque, y ya he tratado de decirlo, aquí estamos ante un intenso, aunque breve, canto a la materia, al mundo real, a ése de los “alimentos terrestres” que descubría o exaltaba el poeta Guide. ¿Qué es, si no, esta declaración?:
Necesito y amo
la penumbra
y el claroscuro.
Porque, bien se deberá concedérmelo, penumbra y claroscuro son emanaciones de la materia, “figuras del espíritu” de la materia, imágenes que lo real proyecta sobre su espejo imaginario.
Amigo,
si no abres los ojos
y percibes el florecer
de las violetas,
¿cómo sabrás
que ha llegado
la primavera?
Ha dicho el poeta. Y ha dicho algo de tanta sabiduría, tan terrenal, tan apegado a los elementos como que la primavera no es una categoría, un concepto impuesto a la naturaleza por los hombres, sino más bien el simple florecer de las violetas. Pero es más: ni siquiera el florecer de la violetas, sino “la posibilidad” de percibir el florecer de las violetas. Esto, porque no basta al hombre el “saber” la primavera, ni aún el calcular su llegada y su duración con la exactitud de sus instrumentos, si no sabe, si no es capaz de percibir “el florecer de las violetas”. Y no –quizás sea necesario insistir en ello- porque no tenga “el florecer de las violetas” una existencia objetiva y que necesite del testimonio del espectador, sino porque sin ése su testimonio, el hombre mismo adolece de una existencia deprimida.
Tal vez, y para no parecer incondicionalmente entusiasta y porque la poesía que nos ocupa es reveladora de un oficio altamente logrado, seguro e incontaminado de estridencias –Ariel Vicuña es tal vez el poeta menos estridente que pueda conocerse-, haya que objetar, aunque tímidamente pues las razones en que me sustento son apenas intuiciones o vagas certezas, el verso final de un bello poema (IV de la sección “Felino misterio”, cuando dice”
Yo no ceso de admirarlo
y de sentirme fascinado.
Pues si esta “fascinado” no me lo diga: muéstremelo, como lo ha venido haciendo hasta allí. Sigue la ironía, la sabiduría y el conocimiento del claroscuro del mundo, la del juego sutil con que mira a la naturaleza, pero aplicando a los sentimientos y a la percepción o revelación del “yo”.
Fernando Quilodrán,
El Siglo, 31 diciembre 2004.