Prólogo a la primera edición
Entre las virtudes prologales –en el supuesto de que existan- tendría que figurar la concisión como una de las más señeras, para que los prólogos formaran parte de cierto arte cisoria, en el que la discreción se hiciera indisolublemente una con la concreción más escueta de las ideas, confundiéndose ambas. Sostengo esto porque, con generalizada frecuencia, los prólogos no pasan de ser sino un epilogo anticipado de aquello que el autor propone con mayor eficacia, e inclusive con mas economía de medios en su texto. Si así fuera, llegado a ese punto habría que mantener silencio e interrumpir el hilo de la prosa, reintegrándolo a donde procede: al ovillo intrincado de cuento permanece tácito.
Sin embargo, en vez de convertir el prologo en una pretendida explicación de lo inefable, que la mejor poesía no tolera, este puede adoptar otra disposición, transformándolo en una pregunta que se abre con el libro, a la que nos obliga el enigma propuesto en el titulo: La mujer de piedra.
Pues cabe interrogarse sobre quién es ella, qué especie de Gorgona se oculta en el poema, aquí petrificada y sumida en el mar del recuerdo. ¿Es que, acaso, sufrió el efecto de su propia mirad, contemplándose en el espejo de las agua, para sentir en carne propia la escalada del frío, con ese escalofrío mortal, petrificante, que su visión provoca? ¿No se asocia de antiguo el agua con la piedra en la Medusa, hasta el punto de que si los filólogos tuviesen un oído mas prest, tal vez reconocieran que metus –el miedo- y Medousa –el ser femenino que ocasiona el terror petrificante- se encuentran hermanados por muchos motivos? Aunque, quizás esa mujer “de miedo”, que petrifica y mata cuando ve, fue victima a su vez de otra mirada: la rigurosa que el arte ejercita, sometiéndola así a la definitiva fijación establecida por la palabra exacta o exaltada del poeta.
No obstante, si el poema responde a nuestras preguntas y al enigma del titulo con renovadas interrogaciones, dejándonos en la incertidumbre, reconozcamos en ello un rasgo pertinente al trabajo poético, que conduce con riesgo, en arribada forzosa, a las riberas nunca holladas de aquella lontananza llamada misterio, única “terra incógnita” que la poesía reclama como suya.
José Ricardo Morales