Canta la noche...
He aquí el poeta: nos entrega en la mas apretada síntesis, la finura de un lenguaje de misteriosa belleza. Surgen las palabras, se unen con sensualidad, evocan, sugieren, relumbran para coronar la imagen precisa que queda allí, sobre un fondo blanco, como una alhaja desnuda, destellante bajo la noche.
En el beso de esta “reina de alabastro” está todo el amor junto al agua: luna, brisa, arena, espuma, ágata.
Es que no se precisa más cuando el poeta sabe dar curso a la “ensoñación de las materias”, en este caso la piedra, más aún, la piedra en la proximidad del agua (siempre presente en el poema), ambos elementos conjugados en lo inefable del amor.
Como telón de fondo: la noche. Dice Bachelard: el agua mezclada con la noche es un antiguo remordimiento que no quiere adormecerse…
Baste lo dicho para explicar el gozoso asombro que experimentamos cuando llegó a nuestras manos aquel pequeño libro: allí estaba la mujer de piedra navegando en el poema, inolvidable, con tan pocas palabras, sólo las necesarias, las más bellas.
Ahora cobran vida nuevamente. Están aquí permanecen. Como la piedra. Y la noche.
Ana María Vieira
Julio, 2002